El Certamen Nacional de Cortometrajes de Alcine 49. Festival de Cine de Alcalá de Henares / Comunidad de Madrid 2019

Por Ralf Junkerjürgen

(c) Triplesalto

Mientras el partido de extrema derecha Vox hace campaña en las calles de Alcalá para las cuartas elecciones parlamentarias en cinco años, distribuyendo folletos y haciendo sonar a los transeúntes con pasodobles por los altavoces, el renombrado festival de cine Alcine celebra una vez más el pluralismo español con películas en gallego, catalán, vasco, inglés, francés y chino[1] que tratan de los derechos de los inmigrantes, las construcciones de identidad y la igualdad de género. Aunque el día de las elecciones, el 10 de noviembre, coincide sólo casualmente con la competición cinematográfica nacional, esto sólo hace aún más evidente que un festival cultural es un modelo y una forma tangible de compromiso social. Sólo por esta razón, la selección de este año representa un evento cinematográfico y social muy especial.

Se presentaron 587 cortometrajes españoles, 29 de los cuales convencieron al comité de selección de ocho miembros y llegaron a la ronda final. Los que han llegado hasta aquí han dado un gran paso adelante en sus carreras, ya que en el pasado el renombrado festival ha demostrado ser una estación importante en sus carreras. Renombrados directores como Álex de la Iglesia, Fernando León de Aranoa, el oscarizado Alejandro Amenábar e Icíar Bollaín han tenido aquí sus primeras experiencias con el público. El concurso nacional de Alcine es, por lo tanto, un fascinante escaparate para el presente que también apunta al futuro. La mayoría son nombres bastante desconocidos, a los que se unen algunos ya establecidos como María Cañas, Ion de Sosa o Carla Simón. En contraste con las cifras generales de los largometrajes, la presencia de mujeres en la silla de director es relativamente alta en 9 de los 29 cortometrajes de esta selección.

Temáticamente – de acuerdo con la fase de la vida de la mayoría de los directores – predominan las experiencias de la juventud y la infancia con sus cuestiones de identidad y libertad. Arenal (Rafa Alberola Rubio, 2019) escenifica la amistad de dos patinadores en una mezcla de formatos de pantalla ancha y teléfono móvil. Sus paseos por el centro de Madrid crean imágenes anhelantes de libertad, precisamente porque uno de ellos tiene que quedarse en casa para empollar para los exámenes de recuperación. La destacada contribución Günst ul vándrafoo / Ráfagas de vida salvaje (Jorge Cantos, 2019) tiene un enfoque completamente diferente. Se trata de un joven migrante sin palabras que vive detrás de una valla en una caravana destartalada y que es liberado de ella por tres españoles de la misma edad. En un formato y un esquema de color que recuerdan a las fotografías de los años 70, las peleas de juegos juveniles se muestran en cámara lenta a golpes fuertes, creando una atmósfera flotante, casi de cuento de hadas, y transmitiendo impresiones de una juventud despreocupada y sin límites, que el director dice que nunca tuvo, y que los adolescentes urbanos de hoy en día en línea quizás carecen fundamentalmente. En tiempos de hermandad y emancipación, en los que las escenas de masturbación femenina son mensajes políticamente correctos, es francamente reconfortante cuando los jóvenes fraternizan entre sí con una irónica «paja» con la ayuda de revistas masculinas anticuadas. La masturbación pertenece al reino de esos mitos masculinos que frecuentan la literatura, pero en realidad se practican raramente – y es exactamente por eso que encaja tan bien en esta visión mágica de romper y cruzar fronteras. La ligereza de este mítico diseño de la juventud también obtiene su ligereza del hecho de que se las arregla sin teléfonos móviles y nuevos medios de comunicación y se centra en experiencias mucho más fundamentales como la cercanía física, los juegos y las pruebas de fuerza. Una de las ideas brillantes del director fue mejorar el poder visual con un lenguaje artificial incomprensible, dejando así los orígenes del chico imprecisos. Así como Freud habló del efecto mágico del lenguaje en los recién nacidos, que pueden no entender las palabras de sus padres, pero que las sienten con mayor profundidad, así el espectador se expone a los extraños sonidos de un lenguaje inventado sin subtítulos, y precisamente por eso puede experimentar las imágenes y sentimientos del protagonista con mayor intensidad.

La conmovedora película Grietas (Alberto Gross Molo, 2019), una historia de divorcio que se centra en la relación entre los dos niños en cuestión, tiene una estética realista. Los dos hermanos, de unos 15 y 12 años de edad, se enfrentan a la decisión de con qué progenitor quieren quedarse y tienen que experimentar que la separación de los padres también podría afectarlos.

Después también, el tan esperado nuevo cortometraje de Carla Simón, continúa a su vez su exploración del tema del SIDA, que fue el tema subyacente de su exitoso largometraje Verano 93. Su actual película es sobre el joven (bisexual) Edu, que se entera de que ha sido infectado por el VIH y ahora debe aprender a lidiar con ello. La película se realizó en cooperación con la organización estatal de lucha contra el SIDA CESIDA y sirve para educar en tiempos en los que el tema de las nuevas infecciones ha desaparecido en gran medida de la vista del público. Así pues, la trama tiene un carácter ejemplar y aboga por un enfoque abierto de la infección a fin de evitar nuevas infecciones. Los paneles de texto de conclusión informan sobre el estado de la medicación y la esperanza de vida. Es conmovedor que Simón también deje que la pequeña Laia Artigas (Frida de Verano 93) haga una breve aparición en un cameo en la semioscuridad y rinda un agradable y discreto homenaje a su estrella infantil.

La serie de películas juveniles con protagonistas masculinos se completa con la poética película Zapatos de tacón cubano (Julio Mas Alcaraz, 2019) sobre dos jóvenes bailarines flamencos homosexuales. Los dos protagonistas quieren escapar de la pobreza y la miseria y resistir la hostilidad homofóbica de su entorno evitando la violencia y no dejándose desviar de su objetivo. Impresionantes son las imágenes en las que parecen flotar juntos en una sola bicicleta a través de las calles suburbanas de Madrid, unidos y confiados en un mundo hostil.

Un gran grupo también está formado por películas con protagonistas femeninas, que a veces tratan problemas muy similares en una imagen espejo: Deseos de salir de situaciones de precariedad financiera (The Girls are alright de Gwai Lou), identidad sexual (Xiao Xian de Jiajie Yu Yan, 2019), conflictos entre padres separados (Snorkel de Borja Soler, 2019). El tema de la violencia masculina, muy presente en España, es objeto del 16 de diciembre (Álvaro Gago Díaz, 2019), que ilustra de manera espantosa cómo la violencia contra las mujeres puede escalar repentinamente en ocasiones banales. Por ejemplo, un breve intercambio de palabras en un semáforo es suficiente para que una mujer joven le diga a los hombres del coche de al lado que la están persiguiendo, asaltando y violando en una calle lateral. La película alterna hábilmente la perspectiva de la víctima y el autor, pero sin que el espectador llegue a ver realmente a los autores y se identifique con ellos. Una escena impresionante es el paseo sobre una rotonda donde los hombres se apagan primero y el espectador espera que no haya violencia. Sin embargo, espoleado por los comentarios de sus compañeros, el conductor presiona el pedal del acelerador y describe todo el círculo para reanudar la persecución. El vertiginoso círculo impulsado desde una perspectiva subjetiva ilustra de manera cautivadora la escalada de la violencia y la estimulación mutua de los perpetradores masculinos.

Suc de sindria (Irene Moray, 2019), que se presentó en la Berlinale y causó sensación en España, cuenta cómo la directora se enfrenta a tan traumáticas experiencias de violencia, sobre todo porque es uno de los jóvenes talentos más frescos del país. Moray no habla de la violencia sexual en sí misma, sino de sus consecuencias y de cómo superarlas, utilizando el ejemplo de una joven que, junto con su sensible novio, encuentra el camino de vuelta a una sexualidad «normal». Sin embargo, con todo el respeto por la actuación del equipo y la visión bastante rara sobre el tema, la película parece estar sobrevalorada. Debido a los primeros planos, las constantes acciones sexuales de la pareja sugieren una intimidad que personalmente encuentro desagradable. Y la escena simbólicamente central, en la que los dos comen sandía junto a un lago y se untan con su jugo, está, en mi opinión, imbuida de algo artificial y artificialmente artificial, que previene más que fomenta la empatía.

Mucho más comedido y tranquilo y aún más original me parece Mujer sin hijo (Eva Saiz López, 2019), el retrato de una mujer con sobrepeso severo que vive sola, que acoge a un estudiante en su apartamento y crea un vínculo conmovedor con él, en el que se mezclan el afecto materno, la convivencia amistosa y la atracción física.

Además, destacan dos películas inusualmente poéticas. Flora (Javier Kühn, 2019), filmada en inglés, habla de muertes y pérdidas misteriosas, que, como finalmente resulta, se deben a un envenenamiento históricamente probado por el papel tapiz que contiene arsénico. La magnífica fotografía da a la actriz francesa Gillian Apter un efecto casi monumental a pesar de su frágil figura, mientras se sienta en un sofá y flota por la impresionante casa de campo de Glemham Hall en Suffolk, donde se rodó la película.

La nuit d’avant (Pabalo García Canga, 2019), a su vez, explora el efecto de la narración oral en el cine y hace que la gran actriz francesa Maud Wyler cuente por teléfono lo que ha visto en la televisión en una habitación de hotel. Así, se ofrecen al espectador dos películas a la vez: la que resulta de las palabras de ella en su imaginación, y la que tiene lugar ante sus ojos, ante la cual Wyler está perfectamente escenificada en cálidos tonos de rojo y marrón a juego con su pelo rojo oscuro.

Entre las películas documentales numéricamente manejables, Greykey (Enric Ribes, 2019) sigue el modelo de A Story for the Modlins o El pabellón alemán estéticamente y cuenta la historia a través de fotografías – pero con una pretensión de verdad, porque la película reconstruye la vida familiar posterior de Carlos Grey-Molay, probablemente el único prisionero negro en Mauthausen, desde la perspectiva de su hija. Detrás de los ritmos de trabajo y los aparentemente inofensivos caprichos del padre, parece haber una necesidad de seguir viviendo con el trauma.

El público se emocionó con la conmovedora película familiar Manolo Montesco y Carmela Capuleto (María Jaimez, 2019), en la que la directora cuenta el amor de toda la vida de sus abuelos y, junto con otros miembros de la familia, reconstruye el momento en que ambos se conocieron. La mezcla de humor, sentimentalismo y el retrato de personalidades fuertes es similar en su enfoque al exitoso largometraje Muchos hijos, un mono y un castillo (2017), en el que Gustavo Salmerón capta la relación y los planes de vida de sus padres.

El nuevo cortometraje de María Caña, Padre no nuestro, continúa con su video canibalismo, que había alcanzado su clímax en Fuera de serie (2012) y La mano que trina (2015). Esta vez, Cañas reúne la imagen y el sonido a su manera virtuosa habitual para reflexionar sobre los robots, dejando poco claro, como en sus predecesores, si prevalece la tecnofobia o la fascinación por la tecnología. .

Un pequeño grupo está formado por las películas de animación, entre las que destaca visualmente Muedra (César Díaz Meléndez), que contrasta los materiales -especialmente la piedra y la plastilina- de forma sorprendente, pero al mismo tiempo difumina asociativamente los límites entre ellos y crea un mundo surrealista en el que un lagarto de plastilina roja deambula por un paisaje desértico de arena y rocas, aparentemente abierto en todas las direcciones, disolviendo el espacio, la forma y la materia. Así, el lagarto puede sumergirse en las piedras y salir de ellas, ser comido por ellas o usarlas como puerta de entrada a otros espacios. El fascinante viaje visual conduce finalmente a una extraña y ambigua roca, en la que la criatura de fantasía, junto con muchos de sus congéneres, se solidifica en piedra.

Un festival saca su verdadera tensión de la cuestión de qué películas son finalmente premiadas por el jurado. Tales decisiones son siempre buenas para un festival cuando traen sorpresas. Mientras que el primer premio fue para Mujer sin hijo con consenso, no esperaba ganar el segundo premio: El ganador fue el documental Los que desean sobre las competiciones de apareamiento de las palomas, donde hombres mayores excitados miran fascinados como si estuvieran peleando con los gallos. El premio al mejor guión para La casa de Julio Iglesias, una secuencia de piezas de texto que recuerda a una presentación de PowerPoint, también provocó debate. ¡Sólo el consenso sería peor! Afortunadamente, hay muchos premios para ser otorgados y es probable que todos reciban una pequeña confirmación. En mi caso fue el premio a la mejor fotografía para Günst ul Vándrafoo, así que no sólo me animé a pensar en ello, sino que también podía irme a casa satisfecho.


[1]Un cortometraje se considera español si la dirección o el 51% de la producción está en manos de españoles.

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